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Schlichting, sobre Manolo Santana: "Gente inolvidable a la que jamás pagaremos lo que ha hecho por nosotros"

Tiempo de lectura: 4Actualizado 11:47

"Muy buenos días, España! Bienvenido a tu programa 'Fin de Semana' de la Cadena Cope. Es 12 de diciembre, fiesta de la Virgen de Guadalupe. Además, tercer domingo de Adviento. Se puede encender la tercera velita de la corona que anuncia la Navidad y que nos recuerda que en quince días estaremos de fiesta. Ha mejorado el tiempo y parece que irán cesando las lluvias constantes que han anegado el norte de España.

La amenaza ha concluido, pero no las inundaciones, que ahora se trasladan del país Vasco a Navarra y Aragón. A la muerte de una mujer en Sunbilla, tras hundirse un cobertizo, se ha sumado el fallecimiento de un hombre, un vecino de Elizondo, de 61 años, que era buscado desde el viernes, cuando salió de su casa rumbo a su trabajo en una empresa de Lesaka y se perdió su rastro. Se ha encontrado su cuerpo tras una angustiosa búsqueda que contó con el apoyo del helicóptero del Grupo de Rescate Acuático.

La avenida de los ríos está ahora en Castejón, donde el caudal alcanza los 2.900 metros cúbicos por segundo, y Tudela, con 2.880 m3, según ha informado el Gobierno de Navarra. En Aragón no se descarta la evacuación de municipios al paso del Ebro. Se han alzado diques, pero la crecida se prevé superior a la de 2015.

Y hoy te voy a contar la historia de un niño que nació en plena Guerra Civil. Habíamos aprovechado los españoles para matarnos los unos a los otros y España estaba derruida. Madrid era un mar de cascotes, el Gobierno había tenido que huir de Madrid y establecerse en Valencia y las checas republicanas hacían sacas y ajusticiaban a la gente. Tras la batalla por la capital, las tropas de Franco entraron en Madrid y las matanzas cambiaron de bando. Empezó la época de los fusilamientos del bando derrotado y un un electricista de Cuatro Caminos, que era un barrio obrero, de la zona de expansión, fue encarcelado por su colaboración con el llamado bando rojo. Seis años pasó don Braulio Santana en prisión y sus hijos lo visitaban en la cárcel. La madre, doña Mercedes, fregaba y limpiaba para sacarlos adelante. El segundo de los chavales se llamaba Manolo y tenía unos dientes enormes, cara de pillo y los pómulos pronunciados. Era el tiempo en que los niños calvos, llenos de piojos, recorrían las calles con un delantal y el hambre mordía en los hogares. Se comían las mondas de patata y no quedó un solo gato en las calles. Doña Mercedes guardaba silencio. Nunca hizo un gesto de rencor y evitó que la guerra continuase en casa. “Si lo hubiese hecho de otra manera -decía el hijo- me habría inoculado el odio a la gente que mandaba en España, los adversarios de mi padre, pero jamás lo hizo”. Todos recordamos esa generación, la de Don Braulio Santana y su mujer, la de nuestros abuelos, que decidieron pasar página y mirar hacia delante. Construir después de la destrucción.

Seis años después salió el preso y volvió con sus cuatro hijos. Trabajaba por la mañana en la Compañía de Tranvías de Madrid -porque entonces Madrid tenía tranvía- y Manolo lo acompañaba por las tardes a hacer chapuzas eléctricas y se le daba muy bien. No le gustaba estudiar, la verdad, y un día tuvo que llevar al club de tenis de la calle Velazquez con Goya un bocadillo que su hermano mayor, que era recoge pelotas, se había dejado en casa. “Fue un deslumbramiento -recordaba- aquella gente adinerada, vestida de blanco. Quedé asombrado de cómo eran, de su estilo. Era un mundo distinto, que enseguida se convirtió en mi vida”. Manolo se apuntó a lo de coger pelotas y preparar pistas y pedir taxis para los señores y sacarse buenas propinas. Entusiasmado con el tenis, se hizo con los trenzados de una silla vieja una raqueta primitiva y peloteaba cuando la gente se marchaba. Tanto, que dos hermanos, Aurora y Álvaro Romero Girón, herederos pudientes de un ministro de Alfonso XII, se quedaron con sus maneras y adivinaron el talento. Empezó entonces una historia de generosidad y superación. Los Romero Girón casi adoptaron a Manolo, que se fue a vivir con ellos a un pisazo de la calle Goya esquina Velázquez. A estudiar Bachillerato y darle al tenis. Comía en casa, con Doña Mercedes y sus hermanos, que además empezaron a recibir un pequeño sueldo que les hacía mucha falta porque el padre había muerto enseguida, seguramente de resultas de tanto sufrimiento. Le compraron una motillo, una Mobylette y le pagaron profesores. Veraneaban en un pueblo de Cuenca del que provenían los Romero Girón y le despejaron una pista de tenis allí. Santana recuerda aquellos años alucinantes.

“Para mí fue un cambio grande y doloroso. Tenía 14 años y perdí la gran libertad de la que gozaba en mi barrio. Fui a vivir en una casa en la que una doncella servía la mesa, aprendí a usar con corrección y el cuchillo y el tenedor”. Manolo, listo como el hambre, demostró madera de extraordinario campeón y aprovechó la oportunidad. Cuando ganó el torneo de Wimbledon, Francisco Franco le concedió una medalla y lo invitó a comer. A su mesa se sentaron su mujer, Carmen Polo, el ministro Castiella y Manolo Santana. “Los Romero Girón -decía- me habían enseñado que hay que demostrar categoría siempre, y seguí sus consejos. Me dijeron que Franco nunca abrazaba a nadie, pero lo hizo conmigo. Al irse, se dirigió a mí en un aparte y me dijo: “A veces pagan justos por pecadores”. Fue una alusión a la triste historia del padre de Manolo Santana. La madre puso en una vitrina la primera copa, de modo que se pudiese ver desde la ventana, para que todos la vieran. Años después, el hijo la hizo enterrar con el cuerpo de su madre, en el cementerio de Marbella.

La brillante trayectoria de Manolo Santana cambio profundamente el deporte del tenis en España. Dejó de ser sólo una afición de ricos para iniciar un camino más amplio e incorporar poco a poco a la que es hoy una de las generaciones de tenistas más brillantes del mundo. El chico que jugaba en un jardín de Cuenca abrió camino a quienes hoy se entrenan en pistas de clubes excelentes.

Adolfo Suárez y el Rey Don Juan Carlos lo buscaban para los partidos privados. El presidente era malo, jugaba mejor al mus, pero conseguía relajarse con Manolo. El Rey perdía siempre y a veces le pedía jugar con la zurda, que maneja bien, a ver si conseguía la revancha.

Manolo Santana fue parte de una generación de luchadores denodados, de pobres que saltaron barreras, de hombres y mujeres que construyeron nuestro país desde la miseria. Gente como Ángel Nieto en motos, Urtain y Pedro Carrasco en boxeo, Paco Fernández Ochoa en esquí o Bahamontes en la bici.

Manolo quería vivir hasta los noventa. Y seguir durmiendo las diez horas que dormía diariamente. El parkinson puso fin a esa historia maravillosa y se ha llevado a los 83 años a un hombre inolvidable que confesaba a Carlos Herrera que hasta el final prácticamente jugaba al tenis. Son las estribaciones de una gente inolvidable”.


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