La cruz de la “vergüenza”

El símbolo propuesto por Francisco para entender el drama de los migrantes nos da la oportunidad de participar en la construcción de un mundo más humano

Teresa Lapuerta

Teresa Lapuerta

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 11:30

La cruz de la “vergüenza”

 

Nuestra diócesis va a conmemorar, como tantas otras en el mundo, la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado bajo el lema No se trata solo de migrantes. Es un acontecimiento que nos plantea el desafío de entender que quienes se acercan a nosotros obligados por el hambre, las guerras y las dificultades no solo no representan un peligro, sino que nos prestan una ayuda que nos enriquece y una compañía que, como nos recuerda el Papa una y mil veces, debemos “acoger, proteger, promover e integrar”. Todo esto representa la Cruz de Lampedusa, que en breve recalará en tierras vallisoletanas.

Mucho más que un simple objeto de madera, pues está realizada con restos de pateras naufragadas en la costa italiana y simboliza el drama que viven los migrantes –en concreto los que buscan la libertad lanzándose ‘con lo puesto’ a las aguas del Mediterráneo–, la cruz permanecerá entre nosotros tres semanas durante las que recorrerá la ciudad y los pueblos, los conventos y colegios, las parroquias y calles, para zarandear un poquito nuestras conciencias. Nuestro papel como cristianos, creo yo, no debería limitarse a defender desde confort de nuestras casas determinadas posturas políticas y de oenegés, o a denunciar otras, que también, sino que nos exhorta a trabajar activamente por la construcción de un mundo que no sea cómplice de la ‘globalización de la indiferencia’.

Ante esta cruz, nos pide Francisco, “guarda silencio, reflexiona, reza… y decide qué puedes hacer tú”. Él habló de vergüenza –«solo me viene la palabra vergüenza, es una vergüenza»– cuando semanas después de su viaje a Lampedusa, en julio de 2013 (el primero que realizó fuera de la ciudad de Roma) 349 inmigrantes perdieron la vida en esa puerta de entrada a Europa que se ha convertido, para muchos, en símbolo de la ignominia de nuestro tiempo. 

La cruz física, esa de 2,80 metros de alto y 25 kilos de peso que Francisco Tuccio realizó con los vestigios de aquellas rústicas embarcaciones naufragadas, y que desde entonces recorre el mundo con el ‘envío’ expreso de Bergoglio, es ya un emblema y una alegoría espiritual para Occidente. Este 6 de octubre será recibida en la Catedral de Valladolid por nuestro obispo auxiliar y secretario general de la CEE, don Luis Argüello, y nos recordará que no se trata solo de migrantes, sino de construir la ciudad de Dios y del hombre; un espacio humano y, a la vez, divino. Una tarea de la que deberíamos sentirnos orgullosos de participar.

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