El Papa no acepta la renuncia del cardenal Marx y le pide que siga ejerciendo como Arzobispo de Múnich

En una carta remitida a Francisco, el cardenal Marx pretendía dar un paso al lado para asumir su parte de responsabilidad en los casos de abusos en la Iglesia alemana

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El Papa Francisco ha rechazado por carta la renuncia del cardenal Reinhard Marx como Arzobispo de Múnich y Freising, una semana después de que el religioso alemán hiciese lo propio al Pontífice para asumir su parte de responsabilidad en la “catástrofe de los abusos sexuales por parte de exponentes de la Iglesia en los últimos decenios”.

En su misiva al cardenal, Francisco le agradece su intención de empeñarse en los años futuros de manera intensa a la cura pastoral y en la renovación espiritual de la Iglesia: “Continúa como lo propones pero como Arzobispo de Múnich y Freising. Y si te viene la tentación de pensar que, al confirmar tu misión y al no aceptar tu dimisión, este Obispo de Roma no te comprende, piensa en lo que sintió Pedro delante del Señor cuando, a su modo, le presentó la renuncia: “apártate de mí que soy un pecador”, y escucha la respuesta: “Pastorea a mis ovejas”, le responde el Santo Padre.

Al comienzo de la carta, el Papa ha agradecido el coraje del Arzobispo de Múnich, señalando que se trata de “un coraje cristiano que no teme la cruz, no teme anonadarse delante la tremenda realidad del pecado. Así lo hizo el Señor (Fil 2. 5-8). Es una gracia que el Señor te ha dado y veo que la quiere asumir y custodiar para que dé fruto”.





El Santo Padre ha remarcado que tanto el propio Marx como la Iglesia alemana vive un momento de crisis a causa de los abusos. En este punto, Francisco reconoce que la Iglesia tiene que dar un paso adelante para atajar este problema: “La política del avestruz no lleva a nada, y la crisis tiene que ser asumida desde nuestra fe pascual. Los sociologismos, los psicologismos, no sirven. Asumir la crisis, personal y comunitariamente, es el único camino fecundo porque de una crisis no se sale solo sino en comunidad y además debemos tener en cuenta que de una crisis se sale o mejor o peor, pero nunca igual”.

Durante la carta, el Sucesor de Pedro secunda el diagnóstico del cardenal Marx, y califica de “catástrofe” la historia de los abusos sexuales y “el modo de enfrentarlo que tomó la Iglesia hasta hace poco tiempo: “Caer en la cuenta de esta hipocresía en el modo de vivir la fe es una gracia, es un primer paso que debemos dar. Tenemos que hacernos cargo de la historia, tanto personal como comunitariamente. No se puede permanecer indiferente delante de este crimen. Asumirlo supone ponerse en crisis”, remarca el Papa.

Para Francisco, la realidad debe ser “siempre asumida y discernida”, y plantea que “cada Obispo de la Iglesia debe asumirlo y preguntarse ¿qué debo hacer delante de esta catástrofe?”

“El “mea culpa” delante a tantos errores históricos del pasado lo hemos hecho más de una vez ante muchas situaciones aunque personalmente no hayamos participado en esa coyuntura histórica. Y esta misma actitud es la que se nos pide hoy. Se nos pide una reforma, que – en este caso – no consiste en palabras sino en actitudes que tengan el coraje de ponerse en crisis, de asumir la realidad sea cual sea la consecuencia. Y toda reforma comienza por sí mismo. La reforma en la Iglesia la han hecho hombres y mujeres que no tuvieron miedo de entrar en crisis y dejarse reformar a sí mismos por el Señor. Es el único camino, de lo contrario no seremos más que “ideólogos de reformas” que no ponen en juego la propia carne”.

En el tramo final de la misiva, Francisco subraya la necesidad “urgente” de “ventilar” esta realidad de los abusos y de cómo procedió la Iglesia, y “dejar que el Espíritu nos conduzca al desierto de la desolación, a la cruz y a la resurrección. Es camino del Espíritu el que hemos de seguir, y el punto de partida es la confesión humilde: nos hemos equivocado, hemos pecado. No nos salvarán las encuestas ni el poder de las instituciones. No nos salvará el prestigio de nuestra Iglesia que tiende a disimular sus pecados; no nos salvará ni el poder del dinero ni la opinión de los medios (tantas veces somos demasiado dependientes de ellos). Nos salvará abrir la puerta al Único que puede hacerlo y confesar nuestra desnudez: “he pecado”, “hemos pecado” y llorar, y balbucear como podamos aquel “apártate de mí que soy un pecador”, herencia que el primer Papa dejó a los Papas y a los Obispos de la Iglesia. Y entonces sentiremos esa vergüenza sanadora que abre las puertas a la compasión y ternura del Señor que siempre nos está cercana. Como Iglesia debemos pedir la gracia de la vergüenza, y que el Señor nos salve de ser la prostituta desvergonzada de Ezequiel 16”.

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